#MiMejorMaestro

La otra motivación

En realidad, ella era profesora de español en una academia. Lo de enseñar alemán a los refugiados había sido una especie de capricho, no tenía demasiado futuro, pues no quería que ellos acabaran cometiendo los mismos errores con las declinaciones que ella no había logrado corregirse en los años que llevaba allí.
Sin embargo, tenía que reconocer que dar clase se le daba bien, porque sabía hablar con frases cortas y precisas, conocía por experiencia las palabras que se prestaban a error, y tenía la paciencia de interpretar las enigmáticas respuestas de los sirios. Quizás por una cierta afinidad cultural que a los voluntarios alemanes les faltaba, ella era capaz de ponerse en la piel de sus interlocutores.
Ahora bien, ir con Annette a aquel pueblo perdido para darle una clase particular a la familia de Marwan, no había sido tan buena idea. Por un lado, Annette era un fracaso como profesora, su método se limitaba a entregarles unos textos para rellenar las formas verbales. ¿Qué utilidad práctica tiene repetir tres veces: “Yo aprendo alemán mientras tú aprendes inglés y él aprende árabe mientras nosotros aprendemos…”? Menos mal que la mujer de Marwan y sus dos hermanas habían llenado la mesa de comida y bebida y así la española pudo tomar una de las botellas para hacer un ejemplo práctico de las preposiciones “auf” und “zu”, tan útiles para explicar si algo está abierto o hay que cerrarlo. La botella está auf, la botella está zu, la puerta está auf, la puerta está zu, y en el dentista que Afra visitó ayer: ¡boca auf!, ¡boca zu! Las tres mujeres, emocionadas, habían continuado buscando ejemplos bajo la supervisión de Annette, abriendo y cerrando cuadernos, cajones y botones de chaquetas.
Pero el hombre no les había seguido la corriente, su motivación para aprender alemán no se centraba en la vida práctica, como la profesora ya había sospechado en los encuentros anteriores. Ay, Marwan, Marwan, con el traductor del móvil en la mano, intentando transmitir una complicada declaración de amor: “Tú y yo somos familia, tenemos antepasados comunes, recuerda Al-Ándalus y las palabras árabes que salpican tu idioma, nosotros estamos destinados a entendernos”.
Mientras las mujeres continuaban abriendo y cerrando frenéticamente la ventana, atando y desatando cordones de zapatos, tapando y destapando tuppers, ajenas a los ojos de cordero de Marwan, este había comenzado a susurrar “habibi” y había puesto la mano en el muslo de su profesora favorita. Annette le hubiera montado una buena escena, seguro, pero la española mantuvo la calma y la sonrisa, se señaló el anillo, tomó el móvil y escribió en el traductor: “Eres un hombre maravilloso, pero nuestro amor no es posible porque yo estoy casada”.
Nunca se debe herir el orgullo de un hombre árabe con una negativa brusca, y jamás se debe destruir radicalmente la motivación de un refugiado de guerra que intenta reiniciar su vida. La profesora siguió tecleando: “Puedes escribirme o llamarme, me alegraré”. Y le dio su número.
Bastaba con no volver a aparecer por el pueblo en tres o cuatro meses, mientras él se esforzaba en aprender el alemán suficiente para mandarle mensajitos y descifrar las evasivas de ella. En ese tiempo Marwan podría encontrar una nueva motivación.

Karen M. Paramio para el concurso de relatos #MiMejorMaestro de la Editorial Zenda, http://www.zendalibros.com

El desfile

Podría hablar del 30 aniversario de la caída física del muro de Berlín, que se cumple mañana, y de su permanencia en la cabeza de mucha gente; o podría hablar de las nuevas elecciones generales en España de este domingo y la dificultad de los residentes extranjeros para conseguir las papeletas de votación dentro de plazo.
Sin embargo prefiero hablaros de mi experiencia intercultural de esta tarde, os vais a reír más 😉

Hace unos pocos años se pusieron de moda en España los nombres de Martín y Martina, así que imagino que mucha gente conocerá ya la historia de San Martín de Tours, el soldado romano que compartió su pan y su manto con un necesitado, y cuya fiesta se celebra el 11 de noviembre.
El animal que los españoles asocian tradicionalmente con este santo es el cerdo, pues es la época de la matanza y por eso esperan que los que han actuado incorrectamente reciban su castigo según el refrán: a todos los cerdos les llega su san Martín.
Los alemanes, sin embargo, asocian este santo con los gansos, al parecer porque en los tiempos feudales era la fecha en que se debía pagar un cierto impuesto que muchas veces se realizaba con la entrega de un ganso. Los que prefieren una explicación más religiosa dicen que el santo era muy modesto y no deseaba ser nombrado obispo, por lo que se escondió en un establo, donde unos gansos graznaron tan fuerte que los feligreses lo descubrieron y pudo ser obispado. Sea como fuere, aquí en Baviera es tradición hacer galletas en forma de ganso y comerlas en esta fecha.
La otra tradición de San Martín, que se extiende por todo el territorio germanófono, de Bélgica al Alto Adigio, es la de los desfiles infantiles con farolillos, a ser posible acompañados por un jinete con manto rojo y espada. Y al desfile de esta tarde es donde quiero que me acompañéis.

Mi amiga siria sabía desde hace tiempo que hoy era el desfile en el Kindergarten donde acuden sus hijos menores, los gemelos de 5 años, y que su segunda hija, de 7, que está en primero de primaria, también estaba invitada a participar. Como a ella no le gusta hacer trabajos manuales, en lugar de liarse con cartón, papeles de colores y alambre, como hacen muchas madres alemanas, ha comprado directamente 3 farolillos de la tienda de “Todo a 1€”, más los 3 palos de plástico de los que cuelgan las lamparitas – ya no se lleva ponerles velas de verdad. Pues bien: cuando he llegado a su casa, media hora antes del inicio del desfile, los farolillos todavía estaban plegados dentro de sus bolsas de plástico, igual que los palos, y los niños y ella en ropa de estar por casa.
Afuera llovía y la temperatura era bastante baja, por eso yo había intentado llamarla para confirmar si realmente el desfile iba a tener lugar, pero esta vez ella no tenía el móvil a mano para responderme. Así que con ayuda de los niños hemos desempaquetado y desplegado todo. Por degracia faltaba algo fundamental: las pilas. ¿Quizás la madre ha pensado que las lamparitas se encienden mágicamente cuando los niños cantan? A mi pregunta de si tiene pilas en casa, rebusca una bolsa con 30 o 40 pilas… usadas, algunas de ellas ya en un estado de descomposición química bastante avanzado.
He avisado por teléfono a uno de mis hijos para que me buscara 6 pilas y, mientras los sirios terminaban de vestirse, he corrido bajo la lluvia hasta mi casa y las he recogido. Hemos quedado en reunirnos en la parada del autobús, pero yo he sido más rápida y aún he conseguido llegar a tiempo de cerrarles las chaquetas a los niños, abrirles los paraguas y cargar con sus farolillos hasta la parada.
La calle principal del pueblo está en un valle entre dos colinas, nosotros vivimos en la parte baja de una de ellas y el Kindergarten está en lo alto de la colina contraria, por eso en un día de lluvia y con más de quince minutos de retraso, me ha parecido bien subirnos al autobús para dos paradas. Por cierto que dentro viajaba también un amiguito del gemelo, con su padre, otro que en los cursos de integración no ha aprendido la importancia de la puntualida alemana: un coreano.
Hemos conseguido llegar al punto de encuentro con los farolillos más o menos secos todavía y aún luciendo, pero, como yo había sospechado, el desfile se había cancelado y los otros niños se entretenían corriendo y persiguiéndose por los pasillos del Kindergarten mientras sus padres se animaban con una tacita (o varias) de Glühwein, vino caliente especiado.
Nosotros también hemos dejado los paraguas en un rincón y nos hemos pelado las chaquetas, guantes, bufandas y gorros. Los gemelos se han ido a jugar con sus amiguitos y yo he decidido que necesitaba un subidón de azúcar y me he pedido una taza de Kinderpunsch, zumo caliente. Un rato más tarde mi amiga musulmana, teóricamente abstemia, también ha ido a la cola de las bebidas, pero como no habla y sólo se limita a sonreír, al final tenía en la mano 3 vasos de ponche y una taza de vino…
Cuando le he dicho a los críos que allí al fondo había un hombre con capa roja y espada, la gemela me ha dicho que no podía ser San Martín, porque era demasiado alto (!), y el gemelo tampoco ha mostrado interés en ir a ver la espada de cerca. A mí me había hecho ilusión verle, ya no recuerdo si teníamos uno en los desfiles del Kindergaten de mis hijos.
Finalmente, después de comer unos pocos gansos de galleta, nos hemos empaquetado de nuevo y hemos organizado nuestro propio desfile privado camino de la parada del autobús, cantando alegremente mientras los farolillos de papel se iban descomponiendo y las lucecitas chinas del “Todo a 1€” se iban fundiendo.

Martinszug

La boda

Es sábado, estoy tomando el té con la familia siria y mi amiga explica que al día siguiente está invitada a una fiesta y que si quiero ir con ella y bailar. Pregunto la hora y pido más explicaciones sobre la fiesta. El marido traduce y aclara que debemos tomar el autobús a las 4 de la tarde y que la fiesta es en la sala de reuniones de una parroquia. Mi amiga explica que va a ir vestida con falda larga y blusa. Pregunto más, pregunto de nuevo porque no me queda claro y sé que me voy a meter en un lío. La siguiente respuesta es: se casa el hijo de una buena amiga de Mariam, pero no hay que llevar regalo ni nada, y es importante que vaya mucha gente para tener buen ambiente y yo soy como de la familia y, por favor, por favor, debo ir.

Todo muy sospechoso, pero, en fin, al menos habrá un artículo para el blog. Alegraos.

El domingo a las 4 menos 10 voy a la parada de autobús. Mi amiga ya está allí, lleva falda Boda1vaquera recta de media pierna, hijab blanco, jersey blanco y chaqueta de punto color azul marino. No resulta tan glamurosa como yo esperaba. Los gemelos y el marido no vienen, pero sí las dos hijas mayores, que llevan pantalones vaqueros y camisetas de manga larga, rosas con un dibujo de lentejuelas, pero ni abrigo ni chaqueta. No sé si me he dejado llevar por las bodas de las películas indias que ve mi ahijado afgano: yo visto falda negra larga con volante y blusa roja brillante, con un discreto collar de granates, y me he maquillado. Las dos niñas me miran fascinadas, no soy la misma mujer que ven habitualmente. Llevo también mi abrigo, porque ahora aún brilla el sol, pero cuando anochezca, hará fresco.

En el autobús surge el conflicto. Pregunto dónde hay que bajar y recibo dos respuestas contradictorias. El móvil de mi amiga muestra un mapa con una marca roja en la calle Zeppelin, a la altura de un restaurante griego que conozco. Un poco más cuesta abajo hay dos iglesias con sus correspondientes salas parroquiales. Pero mi amiga dice: enfrente del teatro, tomar el número 6 y una parada. Esta información me chirría por varios motivos: nuestro autobús va a llegar a la calle del teatro desde la dirección por la que pasa el número 6, no hace falta cambiar, bastaría bajarse una parada antes, pero eso es en medio del parque que rodea el casco antiguo como un anillo. Con tanto árbol no consigo ver en mi recuerdo la torre de ninguna iglesia cercana. Entre ese punto y la calle Zeppelin hay 25 minutos a pie. Encima nuestro autobús tiene que desviarse por obras y pasar muy cerca del restaurante griego de la calle Zeppelin, como dice el mapa, cruzando de nuevo la ruta del número 6.

Sé que no voy a conseguir nada, pero pregunto: ¿Cómo se llama la iglesia? ¿En qué calle está? ¿Cómo se llama la parada del autobús? Mi amiga sólo me muestra de nuevo el mapa de su móvil y repite: primera parada después del teatro.

Yo quería una aventura para el blog. Ya la tengo.

Bajamos en la calle Zeppelin, pasamos por delante del restaurante, que está cerrado por reformas, seguimos calle abajo hacia las dos iglesias. Delante de la primera hay varios grupos de gente, pero no son sirios, sino africanos. La segunda iglesia está cerrada por todos lados.

Pregunto a mi amiga si no puede hablar o escribir con la madre del novio y preguntar por la dirección exacta. En Europa es importante saber el nombre de las calles. Yo tenía que haber preguntado ayer, en lugar de bloquearme con el tema del regalo a los novios.

Mi amiga habla con su marido. Él le manda de nuevo el mismo mapa con el punto rojo en el restaurante. Protesto. Hablan de nuevo y de repente suena por fin el nombre de una calle: tendremos que caminar los 25 minutos por el parque, hasta las torres que no vi en mi memoria. A falta de nombre de calle podrían haber dicho que el local está enfrente del enorme parque de bomberos, pero nadie ha encontrado ese dato suficientemente relevante. Lo siento por las pobres niñas, que trotan detrás de mí y no tienen permiso de hacer una pausa en los columpios.

Llegamos a la sala parroquial cuando pasan unos minutos de las 5 p.m. Sobre el escenario hay dos butacas, en espera de los novios, una mesita y, tras un biombo, el equipo de música que ya suena atronador. A lo largo de las paredes de la sala hay mesas y sillas, con capacidad para unas 80 personas, de momento solo medio llenas con mujeres y niños. La decoración se reduce a manteles blancos de papel, velitas de té y pétalos de flores de papel. No hay vasos ni bebidas en ningún lugar a la vista. En el centro de la sala queda espacio libre para bailar. Ya hay tres mujeres bailando.

Nos sentamos. Mi amiga saluda a varias mujeres de la mesa contigua. Ahí rondan dos niñas vestidas de princesa, o de pseudo-comunión, vestidos blancos vaporosos y diademas plateadas. La hija mayor de mi amiga baja la cabeza, avergonzada y se queja de no ir suficientemente elegante. La segunda no habla, debe estar cansada, no tenemos nada para darle de beber y en toda la tarde no se va a mover de su silla.

En una de las mesas hay tres o cuatro alemanas con traje de pantalón. Las demás mujeres llevan atuendos diversos, unas con blusas de encaje, o con transparencias, las más jóvenes con vestidos de lycra extremadamente cortos y muy escotados. Nada más entrar en la sala, se quitan el hijab, algunas se quitan también los leggings y se ponen el traje de fiesta allí mismo. Hay tres mujeres teñidas de rubio, una de pelirrojo, dos llevan el pelo corto estilo paje. La madre del novio aún tarda una hora en aparecer, lleva un vestido negro de cóctel y una chaqueta roja de raso con aplicaciones negras. No está permitido hacer fotos, por aquello de llevar la cabeza descubierta.

Mi amiga y yo bailamos, a veces conseguimos que la hija mayor se nos una. No quiero presumir, pero es el momento de mostrar lo que he aprendido en los 12 semestres que llevo practicando danza del vientre. Y una fiesta, una vez encontrado el local, es una fiesta, y que te quiten lo bailao.

A las 7 y pico, poco antes de que haga aparición la novia, entran una mujer afgana y sus dos hijas adolescentes. Lo sé porque mi amiga me la presenta: son compañeras de la clase de alfabetización. Todas las amigas que ha saludado, con las que hemos bailado, y la madre del novio, resultan ser compañeras del curso de alfabetización. Amiguísimas de toda la vida, como en España, vamos.

Las dos chicas afganas proponen hacernos una demostración de su estilo de baile y entregan un móvil a la encargada de la música. El ritmo lo he oído antes, en casa de mi ahijado, recuerda más al flamenco que los ritmos árabes y tiene quiebros. Las chicas no mueven las caderas, como hacemos las sirias y yo, sino que dan unos pasitos muy cortos. No soy capaz de imitarlas. Al acabar la canción me acerco a hablar con ellas y les digo tres cosas en dari. Me miran con la misma sonrisa que pongo yo cuando alguien me dice: “mi llama Hans y soy de alemán”. Pero cuando explico que la frase más importante que he aprendido es “qué bonitos ojos tienes”, levantan el pulgar y corren a contarle la gracia a su madre.

La novia entra, lleva un vestido blanco con falda de campana, se quita la capa, hay aplausos y el clásico ulular de las mujeres árabes. Fotos por aquí y por allá, vídeos de cómo baila. Nos van a dar las 8 y todavía no hay rastro del novio y mucho menos de la comida. Aprovecho para mirar el horario del autobús. El de las 20:28h no nos vale, pero el de las 21:08h deberíamos tomarlo, porque el próximo es una hora más tarde y al día siguiente hay que madrugar.

De pronto hay revuelo entre las mujeres, que comienzan a cambiarse de ropa y a ponerse los pañuelos: se anuncia la llegada del novio. Los hombres cantan o recitan en el pasillo y finalmente entran el nuevo esposo, que me recuerda a Salvador Sobral, el portugués que ganó eurovisión el año pasado, y sus hermanos. Más aplausos y ulular, más fotos. A las 20:45h los hermanos empujan un carrito con una tarta nupcial de tres pisos y los novios se hacen la foto con el cuchillo en la mano, pero no reparten trozos a nadie. Snif, snif.

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Cuando por fin se abre la puerta a la sala del buffet, yo ya tengo el abrigo puesto y las instrucciones son claras: una pieza de comida en cada mano y a correr al autobús. Una lástima, porque hay muslos de pollo, kubba, hojas de parra rellenas de arroz, diversas empanadillas y hojaldres rellenos. Montones de cosas ricas que no probaremos. Por suerte, las niñas de mi amiga no protestan en absoluto y conseguimos llegar a la parada justo a tiempo de tomar el autobús. Uf.

Camino de casa Mariam me pregunta si me ha gustado la boda y si es parecido a lo que hacemos en España. Le respondo que el orden de la celebración suele ser el inverso, primero comer y luego bailar, pero que lo he pasado bien. Algún día quizás le cuente la boda de mi amiga de Dinamarca, donde antes y después de servir cada plato hubo un discurso, o le muestre el vídeo de la mía, con las 16 tartas del café. Quizás algún día os pueda contar también cómo en una boda afgana me pintaron las manos con henna.

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