El hombre que pasaba desapercibido

“El hombre que pasaba desapercibido”, una novela de la hispanoalemana Karen M. Paramio, 2022

Se podría decir que esta es la historia de Marcos Aguirre, puesto que la novela comienza poco después de su concepción, en el preciso momento en que se manifiesta por primera vez su problema de ser ignorado (o su facilidad para desaparecer, todo es relativo). Al principio solo su amorosa madre Doña Fuencis y su fascinante abuela Mina le tienen en cuenta, pero poco a poco Marcos va conociendo a otras personas especiales, de esas que leen libros y saben ver con el corazón 😉

Al final de la novela han pasado 30 años y Marcos ha aprendido muchas cosas, así que sería sencillo clasificarla en el género coming-of-age, aunque eso me suena un poco frívolo. Quizás es mejor si lo ponemos en alemán, porque un Bildungsroman suena más serio, ¿verdad? Sin embargo, si tenemos en cuenta que aparecen un hada madrina, un largo viaje, un descenso al inframundo y un antagonista misterioso, quizás se trata del gran monomito: una de las mil caras del héroe de Campbell. Eso, desde luego, suena más emocionante.

Aunque también podría ser que no fuera nada de eso, sino una especie de enredo, un engaño, una broma o una fantasía con la que evadirse del presente. Al fin y al cabo no aparece ninguno de los refugiados sirios y afganos tan típicos de esta autora, porque la acción se desarrolla entre 1971 y 2001, una época en la que Europa… Hm, ¿qué pasaba por Europa en aquellos tiempos? Además habrá que preguntar a Marcos qué pinta la selva en todo esto.

Aquí tenéis la sinapsis de la contraportada:
El joven Marcos Aguirre tiene el don de pasar desapercibido en los momentos desagradables, por ejemplo, cuando sus hermanos buscan camorra. ¡Qué alivio! Claro que eso también significa ser ignorado con frecuencia en las demás circunstancias de la vida, por lo que tener amigos, buscar novia o encontrar trabajo suponen para él toda una aventura. No es de extrañar entonces que Marcos tenga muchas historias que contar al respecto, mientras viaja por Centroeuropa tratando de esquivar a su némesis.
“El hombre que pasaba desapercibido” es una novela fresca y amena y, al mismo tiempo, un entretenido compendio de relatos sobre diversas facetas del alma humana.


Esta reseña participa en el concurso #RecomiendaunLibro de Zenda e Iberdrola, aunque hace un poco de trampa, porque el libro saldrá a la venta en el mes de mayo 😉 A los primeros 5 que me escriban a paramio@gmx.net prometo reservarles un ejemplar gratuito que les mandaré dedicado a donde me digan. Y si alguien se pregunta si no me da vergüenza hacerme publicidad a mí misma, la respuesta es: no. Actualmente se espera de los autores que nos pasemos el día en redes sociales, llamando la atención sobre nuestros “productos” aquí y allá, mendigando likes, y encima ya ni siquiera es posible hacer giveaways en Goodreads. Además, yo garantizo que mis libros entretienen, hacen pensar y gustan – para poder opinar lo contrario, primero tienes que haberlos leído ;-p

Feliz día del libro

Practicar idiomas

No me cansaré de repetíroslo: viajar en transporte público es un método fabuloso de tener aventuras interculturales. Por ejemplo, en los autobuses puedes conocer gente de diferentes nacionalidades (como le pasó a mi ahijado en este artículo) y aprender sobre sus costumbres (como cuando vi los cubos de 5 litros de yogur de esta entrada).
Hay que ser un poco lanzado y abordar a la gente sin miedo, puedes acabar descubriendo que te conocen:
>>Hola, me llamo Alberto, soy italiano, y tú eres la profesora de español, ¿verdad? Me gusta mucho practicar español.<<
Caray con Alberto, yo no lo había visto nunca por el pueblo, pero él me tiene fichada.

Mi mejor amiga, que es una francesa de origen argelino que habla seis idiomas y medio, entre ellos el español, me pidió ayer que, por favor, recogiera hoy a su madre de la estación, pues ella no podía salir a tiempo del trabajo. Como a las tres de la tarde de un viernes el tráfico en el centro es terrible y yo me pongo muy nerviosa cuando tengo que buscar aparcamiento cerca de la estación, hemos quedado en que la recogería en autobús.
Iba yo, pues, cómodamente sentada en el autobús, concentrada en desempolvar mi escaso francés para poder saludar a esta señora, pues ella no habla otro idioma, cuando a la altura de la universidad se han subido dos muchachos. Se han sentado a mi lado, otro lado del pasillo y han comenzado a hablar. Pero no en alemán, ni en inglés.
Eran dos chicos de cabello castaño, uno de ellos con ojos color avellana, el otro un poco verdosos. El de los ojos verdes gesticulaba bastante, como un español, pero no hablaban castellano ni árabe.
Pronunciaban una r suave, como la nuestra en “aro”, y la entonación de sus frases me hacía pensar en dari o farsi. Mi persa no es demasiado bueno, pero no podía ser, hubiera debido captar alguna palabra suelta, además de que los verbos en presente son muy fácilmente reconocibles, casi todos comienzan con el prefijo “mi”, eso es muy llamativo.

Si no era dari, ¿acaso era pashto, ahora que hasta las noticias de internet han cambiado de idioma para adaptarse a los talibán? O peor aún: ¿no podría ser turco y yo una idiota? Mira que en mi clase de danza del vientre escuchamos con frecuencia melodías turcas, pero nunca he sentido curiosidad por aprender más palabras que las del título de la canción de turno. Muy mal.
Uno de los chicos se ha despedido para bajar en la parada del teatro, y no he entendido siquiera cómo decían adiós. Así que finalmente le he preguntado al otro chaval, y me ha dicho que hablaban kurdo. El kurdo es una lengua indogermana perteneciente a la rama iraní.

La bandera de Kurdistán

Ahora ya puedo dormir tranquila 🙂
Además, a pesar del atasco he llegado a tiempo a la estación, he identificado a la maman de mi amiga y la he traído con éxito a nuestro pueblo. En el camino le he contado, con más gestos que palabras, cómo esta mañana le he cortado el pelo a mi hijo pintor, y nos hemos reído mucho.

Menos mal que vuelve a crecer 😀

Volver

Os contaba en este artículo que mi vecina siria quería regresar a su ciudad natal a ver a su madre y a hacer pasaportes nuevos para ella y los cuatro niños, que viajaban también al país de donde huyeron hace cuatro años. Según ella, la situación allí era muy tranquila, hacía ya seis meses que no había combates en los alrededores de Dar’a. Pues… fue comprar los billetes de avión y reiniciarse los bombardeos, como si la hubieran estado esperando a ella expresamente.
La situación en Beirut, a donde volaban, para luego seguir en automóvil, tampoco era/es muy recomendable, pero bueno, consiguieron llegar allí, vieron a la abuela materna y otros parientes, vieron a la familia del padre, que son casi vecinos, y mi amiga logró, tras mucho estrés de ventanillas y papeleos, unos pasaportes en regla. Los niños cuentan que estaban felices de pasar todo el día rodeados de gente que los mimaba, claro, y la madre se alegró de poder entregar los medicamentos que allí no encuentran o cuestan demasiado.
Tres días antes de su regreso cayó una bomba en su calle y rompió los cristales de esa fachada. Afortunadamente se encontraban todos en el lado del patio y no hubo heridos. Mi amiga considera el ataque como una señal del cielo para que regresara a Alemania.
No voy a decir más.
El regreso de ellos tuvo lugar mientras yo volaba hacia España, pues también me gusta ver a mi familia de vez en cuando, al menos a una parte, porque mi marido seguía muy pendiente de las restricciones por la pandemia, no fuéramos a terminar en cuarentena allí, o al regreso a casa. Así que no he podido ver a los sirios durante varias semanas y sólo ayer me he enterado de sus peripecias.

Me acerqué a saludarles “brevemente”, ya se sabe, y resultó que este año la madre había ido valientemente ella sola a la papelería a comprar el material escolar, sin esperar a que yo la acompañara como el año anterior. Ejem, en realidad le dio la lista a la vendedora, esperó a que ésta lo buscara todo, y lo pagó. Debió ser una factura monstruosamente alta, porque no tuvo en cuenta que ya tiene en casa el material de los cursos pasados, y siempre hay cosas reutilizables o que pueden pasar de un niño al siguiente. Es tan sencillo como no comprar cada vez una caja entera de acuarelas de 20€, sino sólo el color rojo que se ha gastado, 1.20€. Multiplicado por cuatro se nota aún más.
Pero su mayor problema sigue siendo: que no es capaz de controlar la lista ella misma, porque le da pereza leer y porque no se ha aprendido los nombres de los artículos, aunque ha tenido un año entero. Así tiene que seguir fiándose de lo que la vendedora ponga en la cesta – o pedirme a mí que lo revise.
Casi dos horas estuve allí, muy entretenida, y al final conseguí un montoncito interesante de cosas que puede devolver, si no ha perdido el tique de caja.

Como siempre, es difícil irse de Siria sin haber comido algo. Esta vez eran berenjenas makdús (en aceite y rellenas de nueces y pimientos, podéis encontrarlas en internet con la grafía inglesa makdous) y berenjenas dulces (las que eran demasiado pequeñas para rellenar, simplemente metidas en agua con miel, y con las nueces flotando alrededor), más una caja de dulces traídos de Dar’a en agradecimiento a mi ayuda con los formularios de entrada (Covid-19) y salida de Alemania (en el último minuto se les ocurrió que, como en España, la madre tiene un apellido diferente que los niños y convendría rellenar un documento donde el padre autoriza el viaje, confirmando que no se trata de un secuestro).

Y el domingo estamos todos invitados a comer. Comer o más bien cenar. No sé, porque es a las 5 de la tarde, que es demasiado tarde para un almuerzo español y demasiado temprano para una cena alemana, pero en cualquier caso nos van a cebar como si fuéramos cerdos, eso sí lo sé.
Mis hijos ya han comenzado a buscar excusas.