Un estadio de fútbol

Probablemente alguno de mis lectores españoles recuerde aún cuando, hace 10 años, el humorista Forges escribía en todas sus viñetas la frase: “Pero no te olvides de Haití”, con motivo de aquel terremoto de entonces. Bien, Forges se acordó de Haití varios años, pero los demás no, por eso ahora, tras el nuevo terremoto, nos sorprende cómo estaban las cosas por allí en los últimos tiempos.
Aviso a las almas sensibles: es mejor si dejáis de leerme ahora y hacéis un donativo para Haití – será una ayuda útil y podréis descansar vuestra conciencia un tiempo. Es que voy a hablar de crímenes contra la humanidad (y a partir de ahora uso el plural persa talib-talibán, parece que ya no está de moda la redundancia española talibanes).

No es verdad que los talibán hayan conquistado todo Aghanistán en pocas semanas. No, porque durante los últimos 20 años ellos seguían controlando el 60% o más del territorio – claro, las zonas rurales, donde tienen sus plantaciones de opio. Estos días los talibán solo han tenido que ocupar las ciudades importantes que antes estaban bajo control del gobierno-marioneta que implantaron los EE.UU. en 2001. Los primeros días el ejército afgano incluso se defendió valientemente, pero luego se fueron quedando sin suministros, y si no tienes municiones, es mejor salir corriendo a tiempo, para morir cerca de tus seres queridos.
La población de las zonas que siempre estuvieron bajo control talibán no se ha podido beneficiar de los avances que se intentaban imponer en las ciudades controladas por los EE.UU. y la OTAN, allí no funcionaban las escuelas ni las mujeres tenían derechos. Los talibán siguieron dirigiendo sus ofensivas desde allí y los hombres podían elegir: cambiar de bando o morir. Por eso hubo en 2015 una ola de refugiados afganos hacia Europa, así llegó mi ahijado (“Jakob”-Mobarez = luchador) a Alemania: los talibán entraron en su provincia (Wardak) y fueron expresamente a buscarlos a él y a su hermano Nasser, que era soldado. La madre (Harfa) y los siguientes tres hermanos (Feros, Kamran, Abdullah) tuvieron que huir hacia los arrabales de Kabul, y los talibán se quedaron con la casa y las plantaciones de manzanos.
Mi ahijado me escribía ayer (yo: ¿quieres hablar?, él: no puedo, no me salen las palabras sin lágrimas) que se siente culpable por no haber permitido que su hermano Feros, que ya estaba harto de esconderse y prefería incluso hacerse soldado, saliera del país para atravesar las montañas de Irán en las que Mobarez estuvo a punto de morir al caer por un precipicio, y acabar como refugiado en uno de los atestados campamentos de Turquía. Quizás ahora hubiera tenido una oportunidad remota de solicitar en Alemania la reunificación familiar. En estos momentos su vida pende de un hilo muy fino.

Los talibán, esos que no han querido sentarse el año pasado a la mesa de negociación en Doha, han tomado Kabul con la promesa de no ejercer represalias contra la población civil ni contra los empleados del gobierno que se rindan. De verdad, hay gente que se lo cree y se están haciendo esfuerzos diplomáticos por hablar y razonar con esos monstruos, que en cualquier instante se dan la vuelta y asesinan impunemente a cualquiera, por el motivo más nimio: prohibido escuchar música, prohibida la televisión, prohibidos el deporte, el cine, las universidades. Prohibido moverse, hablar, pensar, prohibido todo.

El estadio de fútbol Ghazí en Kabul fue reinaugurado hace ahora 10 años. Mirad qué césped tan bonito en la foto de Ahmad Faisal para Wikipedia:

Este estadio ha sido testigo de las más atroces ejecuciones de civiles por parte de los talibán, pues, por donde ellos pasan, no solo no crece la hierba, como se decía de Atila, sino que además aparecen agujeros en el suelo, que en algún momento son ocupados por un ser humano que es lapidado a continuación.

Por supuesto, yo olvidé Haití mucho antes que Forges, pero ahora tengo familia en Afganistán, y, aunque no puedo hacer nada por ella, llevo dos días recordando ese estadio de fútbol y ya nunca, nunca más se irá de mi cabeza.
Pregunté una vez a Mobarez cómo acepta él que Allah “le imponga tantas pruebas a su familia”, y me dijo que este mundo es un valle de lágrimas y que tienen la esperanza de poder descansar en la otra vida. Pero eso no le quita los dolores de cabeza, el mal cuerpo ni las malas noches y, como no bebe ni toma otras drogas, lo único que puede hacer para distraerse un poco es irse a trabajar a la imprenta.

Sonrisas y lágrimas

Comenzamos al revés, por las lágrimas, dando el pésame a los familiares de las víctimas del ataque de ayer por la tarde en Würzburg y deseando que los heridos se recuperen lo antes posible. Un refugiado somalí, que estaba en unos céntricos grandes almacenes, gritó de pronto «Alahu akbar» y comenzó a acuchillar gente.

El somalí residía actualmente en un centro para indigentes (o ‘sin techo’) y desde hacía algunas semanas daba muestras de perturbación mental. Sin hogar, sin trabajo, sin futuro, sin nada que perder. Y a los ciudadanos de Würzburg les hace recordar el ataque con hacha de hace exactamente 5 años. (Sí, mi amigo es afgano, ¿y qué?)

Precisamente mi ahijado afgano me escribió anoche: otra vez dirán por ahí que los extranjeros tenemos la culpa de todos los males. Tuve que corregirle: sólo los musulmanes y los de color.

Menos mal que aún quedan esperanzas de poder crear un mundo mejor y podemos recuperar la sonrisa. Por ejemplo, hoy he recibido un regalo fantástico de parte de María Antonia, que trabaja para la diputación de León, España, concretamente en el estupendo proyecto del Bibliobús, una biblioteca sobre ruedas, que pronto cumplirá 50 años. En agradecimiento por el libro que he donado a su bibliobús, me ha enviado una maravillosa colección de marcapáginas diseñados por los jóvenes lectores de León. ¡Mil gracias y mil abrazos!

El libro lo envié como ‘carta grande’ por 3,70€, porque mandarlo como paquete me cuesta casi el triple. El contenido son obviamente documentos, los he escrito yo misma y era un regalo, no una venta, así que, con el mismo truco y por el mismo precio vamos a ver si le llega un libro a una admiradora que se animó a escribirme desde los EE.UU. – ya que por mandarlo como paquete allí querían cobrarme la friolera de 65€!!! Así que, si tenéis contactos arriba, rezad para que Gwynne reciba su ‘carta’ sin que la intercepten en la aduana.

Ay, amor

Comienza 2019 y ya hay noticias trágicas: por un lado, un grupo de solicitantes de asilo borrachos se dedica a golpear alemanes, por el otro, un alemán con problemas mentales atropella y trata de matar a personas de aspecto extranjero en varias ciudades.

¿Dónde quedaron el espíritu navideño y la fiesta del amor?

Menos mal que también recibo noticias positivas. Mi amiga siria me cuenta que su vecina es una mujer muy amable y simpática, que siempre la saluda y le pregunta cómo están ella y los niños. Cuando se han encontrado la última vez, en la entrada de la casa de la vecina había otra mujer y mi amiga, curiosa, ha preguntado por la amiga o pariente y ha recibido una respuesta sorprendente: “es mi esposa”.

Mi amiga no estaba segura de haber entendido bien y ha preguntado de nuevo: “¿casadas?” (mientras me lo cuenta, hace el gesto de se ponerse un anillo invisible). La vecina ha respondido afirmativamente y mi amiga ha exclamado de forma espontánea: “¡súper!”.

Mi amiga explica que la vecina es grande, ancha como un hombre y con el pelo corto, no muy guapa, pero amable y simpática. Esto último lo dice dos veces y vuelve a repetir que exclamó “súper”, aunque luego reconoce que no sabe si realmente es tan súper y quiere escuchar mi opinión.

Le digo que creo que su vecina se siente muy feliz de poder casarse con una persona a la que ama. Una vecina enamorada y feliz es también una vecina simpática y amable. A mí me parece súper que las personas sean felices. Mi amiga medita y asiente.

All we need is love.