Mujer europea versus hombre afgano

Es viernes, 3 de la tarde, estoy en la ciudad con mi hijo menor. Hemos pasado por la óptica a ajustar sus gafas y queremos echar un vistazo a unos pantalones cortos, cuando me llama Jakob.

Él se ha escapado antes de clase de alemán para ir a la mezquita turca a la oración de las 13:30h, que es el equivalente a la misa del domingo, y ahora está en la estación de autobuses preguntándose si regresar a su aburrido alojamiento y tratar de dormir un rato hasta la cena (sigue siendo ramadán) o subirse al autobús que lleva a mi pueblo y hacernos una visita.

Le digo que me dé quince minutos para comprar los pantalones y que entonces nos podemos reunir en una placita a medio camino y charlar un rato. Le parece bien. A mi hijo no tanto – él está deseando regresar a casa para jugar al ordenador o a la consola, y además sospecha que nuestra charla tendrá lugar en el parque y no en una heladería, por aquello del ayuno musulmán.

Así que cuando Jakob aparece en la plaza, mi hijo ya tiene su abono de transportes  en la mano y a los pocos minutos se sube al autobús con la bolsa de los pantalones nuevos y se larga. Mi ahijado afgano pone cara de sorpresa y pregunta si no deberíamos acompañarle. En ese momento no caigo en la profundidad del pensamiento que se esconde detrás de su pregunta, y le respondo con calma que mi hijo va todos los días él solo en autobús y vuelve a casa sin ayuda, incluso haciendo trasbordo al tranvía en los días en que tiene clases extraescolares. Además su hermano está en casa, no va a estar solo. Jakob suelta un “oh” y ladea un poco la cabeza.

Después nos sentamos a charlar en el parque, como mi hijo bien había sospechado, y se nos pasa el tiempo sin darnos cuenta. Mi autobús sale cada 20 minutos, pero el de Jakob nada más circula una vez por hora, así que trato de no despistarme y que lleguemos a tiempo al intercambiador para que no tenga que esperar mucho.

Sin embargo, al acercarnos a las dársenas, Jakob contempla con horror cómo se marcha mi autobús delante de nuestras narices y anuncia: “yo espero hasta tú vas con próximo autobús”. Sonrío y explico que no merece la pena, que mi autobús vuelve a pasar 15 minutos después de irse el suyo. Pero él insiste: no se va si no me deja antes a mí subida al autobús. Todavía estoy medio sonriendo mientras trato de aclararle que no voy a consentir que se quede en la parada, aburrido y medio muerto de sueño, durante 45 minutos. Él está serio, protesta de nuevo y pierde intencionadamente su autobús. Afgano testarudo.

Nos sentamos en un banco cerca de mi parada y le cuento, esta vez ya sin sonrisa, que no voy a subirme al primer autobús ni al segundo, sino al tercero, para que él sólo espere 5 minutos sin compañía. Él niega con la cabeza, la tensión crece.

Llega mi primer autobús y no hago amago de levantarme. A ver quién es más testarudo de los dos.

Nos miramos fijamente y le explico que estamos en Europa y que yo puedo subir y bajar del autobús cuando me dé la real gana, que estoy acostumbrada a esperar sola, que no me va a pasar nada, que no necesito la presencia de un varón para desplazarme por la ciudad como pueda ocurrir en Afganistán o en Arabia Saudí. El autobús se va.

Seguimos allí, mirándonos fijamente, y ahora él me explica que, desde que llegó a Alemania, su vida consiste en esperar, que ya está acostumbrado y no se va a aburrir de esperar solo, y que yo debo irme con el segundo autobús porque en casa están mis hijos y luego llegará mi marido, mientras que él no tiene ninguna prisa.

Aparece mi segundo autobús y aún estoy tentada de decirle que no me voy hasta el siguiente. Pero no quiero que nos despidamos con esa tensión, no tiene sentido seguir siendo cabezotas los dos. Él no quiere controlar mis movimientos, sino demostrarme su aprecio y respeto, y no es un ser indefenso que me necesite… a mi hijo le he dejado irse solo.

Sonrío y le digo que me voy en el segundo autobús, y él sonríe también y toda la tensión desaparece mágicamente. Le doy un abrazo ligero y dos besos falsos y agitamos la mano como tontos hasta que mi autobús se aleja…

…y tiene que hacer un desvío porque están empezando a cortar las calles para un evento cultural, y al final me alegro de no haber esperado al tercer autobús, ya que para entonces el follón callejero habría sido aún mayor.

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