Prejuicios

Prejuicios 1:
Jakob y yo nos encontramos en el pasillo de espera de la oficina de extranjería. A nuestro alrededor hay otros cuatro jóvenes delgados de cabellos negros y ojos oscuros, dos de ellos acompañados por mujeres de mediana edad, otro acompañado por un jubilado de cabellos plateados, el último, de piel cetrina y ojos rasgados, solo, pero relajado. Ya hace más de quince minutos que esperamos juntos y nos encontramos, como quien dice, en familia.

De repente, el agradable ambiente familiar se ve interrumpido por un elemento discordante. Un nativo alemán, alto, grande, rubio, de ojos azules, con la camisa por fuera de los vaqueros, entra balanceándose con pasos de borracho. Tiene la piel enrojecida por el sol y de su mano izquierda cuelga una botella.

Tras seis zancadas bamboleantes, el hombre desaparece en uno de los despachos al final del pasillo, porque es uno de los funcionarios que trabaja allí. La botella que lleva contiene agua mineral.

Pero si en lugar de estar en ese pasillo, me lo cruzo en un pueblo de la costa española, me alejo asqueada pensando que es un hooligan.

Prejuicios 2:
Jakob y yo caminamos por uno de los puentes sobre el río de la ciudad vecina. En sentido contrario se nos acercan dos hombres jóvenes, altos, de cabellos morenos, ojos marrones, piel suavemente tostada, que lucen barbas de tres o cuatro días. Uno de ellos gesticula con una mano mientras habla.

Puesto que son de complexión normal, y no tan flacos como suelen ser los afganos, los etiqueto de sirios y sigo conversando con mi amigo.

Cuando por fin se cruzan con nosotros me doy cuenta de que van hablando en mi lengua materna.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s