Deportados

Esta mañana he firmado una petición que intenta evitar que deporten a un joven afgano. El chico llegó hace dos años a Alemania junto con sus padres y hermanos, pero, por ser mayor de edad, su petición de asilo ha sido tramitada por sepado del resto de su familia. Ellos pueden quedarse, mientras que Danial, que ya habla alemán y estudia Formación Profesional, va a ser deportado, con el agravante de que ha crecido como refugiado en Irán y no tiene ningún contacto en el país de origen de sus padres. Además, es de la etnia Hazara.
Imagino que me teletransportaran de repente a Venezuela y me dijeran: “¡Hala, si tú entiendes el idioma, apáñatelas para construirte un futuro aquí!”
Aquí se puede leer y firmar la petición:
https://www.change.org/p/bayerische-staatskanzlei-ausbildung-statt-abschiebung-danial-muss-bleiben

El miércoles tenía un compromiso social y por eso no pude asistir a una conferencia que hubo sobre deportaciones a Afganistán, cosa que lamento. Aunque en estos casos pasa lo mismo que en la charla sobre violencia doméstica: normalmente los que asistimos, somos los que ya estamos convencidos.
Hace poco el Ministro de Interior alemán, Horst Seehofer, se ha jactado en televisión de que, por su 69 cumpleaños, 69 afganos fueron deportados (aunque el cupo pactado es de 50 por avión, ¿no era usted el fanático de ajustarse a un límite máximo, su famosa Obergrenze?)
Uno de estos últimos deportados se llama Ali, es Hazara, ha compartido habitación con mi amigo Jakob en aquel hotel ruinoso del casero tacaño. Lo sé porque llamó a Jakob desde Kabul para contarle que, en el edificio donde los habían alojado temporalmente al llegar, uno de los deportados se suicidó ahorcándose, y tardaron varios días en descubrirlo. Hasta que el hedor fue insoportable. Y parece que el padre del muerto se enteró de todo por una noticia de la tele. El chaval llevaba más de 5 años en Alemania.
Ali dice que con el dinero que ha conseguido ahorrar en Alemania va a hacerse inmediatamente un pasaporte y marcharse a Irán. Luego ya verá. Quizás es a esto a lo que se refería el presidente de Baviera, Markus Söder, cuando inventó el término “turismo de asilo”: que por más que se les dice que su país es un lugar maravilloso, ellos se empeñan en seguir huyendo.
Imagino la sensación de fracaso de los deportados: tiempo, dinero y esperanzas echadas por la borda. Alguno habrá que, si se le acercan los talibanes prometiendo un sueldo fijo al mes, no se lo piense dos veces.

Otro caso llamativo es el del antiguo guardaespaldas de Osama Bin Laden, el tunecino Sami A., que yo no sabía que se encontraba en Alemania, hasta que lo han deportado – y ahora lo reclaman. Sí, lo quieren traer de vuelta a costa de los contribuyentes, porque había un proceso para analizar la viabilidad de la deportación, teniendo en cuenta que en su país de origen puede ser sometido a tortura (parece que sus Derechos Humanos tuvieran más impotancia que los de los afganos de arriba, hm). Es decir, ha sido deportado ilegalmente y ahora hay un follón político sobre quién dio la orden y cómo se consigue que regrese.

Y no va de deportación, pero me atormenta en estos días. A todos los políticos de Europa: por favor, sacádlos del agua. Luego ya los repatriáis o repartís como más os guste, pero impedir que los salven de morir ahogados es haceros cómplices de asesinato, puesto que hay alevosía.

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