Y van tres

En febrero se han cumplido tres años del comienzo de este blog con motivo de la llegada de los refugiados a mi pueblo y el inicio de mi tarea como profesora de integración. Muchos de aquellos sirios y afganos llevaban ya más de siete meses dando vueltas por la región, pero, hasta que no me afectaron directamente, no les habia dado importancia. Ahora me alegro enormemente de haber salido de mi zona de confort y haber dado ese paso hacia ellos.

Cierto es que, de todo el grupo, decidí enfocar mi tiempo y esfuerzo en ayudar a Jakob y he dejado de tener contacto con los otros afganos y con la mayoría de ayudantes. A algunos los he visto por casualidad en la ciudad, en el intercambiador de autobuses, o en las manifestaciones contra las deportaciones, pero estoy entrando en una nueva zona de confort, no quiero tantos sobresaltos constantes y tapoco tengo energías suficientes para repartirlas a más gente.

Mi ahijado Jakob se puede considerar integrado, puesto que trabaja, paga impuestos, paga el alquiler de su piso, está preparando el examen del carné de conducir… Pero sus necesidades emocionales no han cambiado: su madre, enferma del corazón, y sus tres hermanos menores, uno de ellos con problemas en los ojos, siguen viviendo refugiados en casa del tío materno en los arrabales de Kabul, sin más ingresos que los que Jakob les manda de manera esporádica. Y Jakob, que ya tiene 24 años, desearía además tener dinero suficiente para poder casarse algún día y compartir su exilio con alguien con sus mismas costumbres, alguien que le reciba cuando llega exhausto del trabajo y le acompañe durante las comidas. Telefonear conmigo a diario y vernos semanalmente para el intercambio de ropa (su apartamento no tiene sitio para una lavadora) no impide que tenga días grises y noches de pesadillas. En junio se cumplen los tres años de protección subsidiaria que le concedió el ministerio de inmigración. Esperamos que se los prorroguen hasta completar las condiciones necesarias para obtener un permiso de residencia permanente. Ya os contaré.

La familia siria que vino a vivir a la calle de al lado también ha mejorado su situación: el padre trabaja como cartero, la madre tiene un mini-job como limpiadora, los cuatro niños hacen muchos progresos con el alemán y avanzan en sus estudios. Pero no están rodeados de familiares y amigos que les visiten, o a los que poder visitar, como en Siria, y la madre se siente sola algunas veces y a menudo desbordada con los problemas de la educación de sus hijos. Con frecuencia alguno llora porque otro le ha empujado, pegado o arañado, aunque no fuera adrede; si uno recibe un regalo o se compra una chuchería, los otros tres quieren tener exactamente lo mismo; como la madre no sabe jugar con ellos (tampoco tiene mucho tiempo, con tanto que cocina), los puzzles y juegos pierden las piezas y se rompen con rapidez. En invierno los niños suelen acabar delante de una pantalla y la madre repitiendo: Kopfschmerzen, Kopfschmerzen. Dolor de cabeza.

En el primer colegio donde estuvo la hija mayor, una escuela especial de integración para alumnos extranjeros, había una clase semanal exclusiva para niños musulmanes. No sé si sólo hablaban sobre el Corán o había clase de árabe, pero, en cualquier caso, era una manera de mantener el contacto con sus raíces sirias. Desde que la niña recibió el permiso de trasladarse a la escuela regular, habla mucho menos árabe, incluso cuando discute con la madre intenta explicarse primero en alemán. Así que no es difícil ver que los gemelos, que llegaron aquí con tres añitos y ahora cumplirán cinco, pronto no sabrán expresarse en árabe. En Siria no iban a la guardería, nunca aprendieron a decir: trabajos manuales, preescolar, voltereta, ponerse en fila de dos en dos, hacer experimentos… y su madre no ha visto, ni puede imaginar qué es, cuando ellos dicen Morgenkreis (sentarse en corro al inicio del día y hablar o cantar) o Tafeldienst (ser el encargado de limpiar la pizarra). Integrarse supone aprender también de qué va la fiesta de los farolillos de San Martín y las galletas en forma de gansos, saber quién es el conejo de Pascua, que trae huevos de chocolate, y conocer a Elsa y Anna, a Bob el constructor, al bombero Sam y a Bob Esponja, para entender qué andan dibujando los niños y de qué demonios se quieren disfrazar.

Como en el desfile de carnaval la familia se hizo con un buen montón de golosinas frescas, mi amiga ordenó ayer su despensa y me entregó después una colección de aburridas chocolatinas por las que sus hijos no han mostrado interés. Ella me las ofreció con el nombre “chocolate de Mikomaus” y por un momento me quedé bloqueada pensando en el ratón Miki, pero claro, se trataba del Weihnachtsman, nuestro Papá Noel, al que muchos alemanes confunden con San Nikolaus. ¡Qué complicado es integrarse cuando ni siquiera los nativos se aclaran sobre conceptos básicos!

Y aprovechando que hoy es 8 de marzo y todo el mundo está hablando de feminismo (que el diccionario define como igualdad), yo voy a hacer un único comentario: no estoy a favor de ciertos modelos de lenguaje inclusivo. Mis refugiados y yo nos desesperamos cada vez que leemos documentos oficiales alemanes o textos de estudio que alargan innecesariamente las frases con duplicaciones redundantes (todos los ciudadanos y todas las ciudadanas con sus respectivos diputados y sus respectivas diputadas…) y ellos se bloquean también con el modelo equivalente a nuestro «profesores/as, amigos/as» que aquí es con una i mayúscula o un asterisco: LehrerInnen, Freund*innen. Si es preciso ser tiquismiquis, mejor digamos docentes y amistades.

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